¿qué es una biografía?

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Joined May 2010
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Nos estresamos demasiado por una vida que puede terminar en cualquier momento. Asegúrate de vivir.
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¡Qué semana! 😐 A descansar X unos días... ¡Pórtense bien! 😉
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¡Tengan un gran inicio de semana! Les traje café y un hongo. ☕️🍄
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Brasil enfrenta un escenario político muy complejo: una elección prácticamente dividida 50/50, polarización extrema y una muy, muy polémica decisión judicial de extender la votación. Un resultado puede ser jurídicamente válido y, aun así, enfrentar una crisis de legitimidad política.
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Así las cosas…
BREAKING: Brazil's election could be annulled, according to the New York Times. Electoral lawyers say Brazil's current situation is "extremely serious" and a "critical situation." The NYT reports that confusion over a last-minute voting extension by Justice Cristiano Zanin, who was appointed by Lula, could lead to the election being annulled. "This is an extremely serious, critical situation," said electoral lawyer Priscilla Sodré Pereira to the New York Times. When Zanin made the last-minute decision to extend voting hours, some polling stations had already closed and shut down their voting machines. They could not reopen. "Fernando Neisser, an electoral law professor at Fundação Getulio Vargas, a Brazilian research institute, said the election could be annulled if the margin is very narrow and it is shown that polling stations stayed open longer in areas that strongly favor one candidate," the NYT reported. Wow.
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María Corina regresa a Venezuela, Taddei renuncia y Brasil...
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Vanessa (El Sr. Panzón ®) retweeted
Reunión de emergencia en Palacio:
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- Buenos días, quería una camiseta de un personaje inspirador. - ¿Ghandi? - No, mediani. 🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️🏃‍♀️
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Vanessa (El Sr. Panzón ®) retweeted
¿Se puede hacer literatura con inteligencia artificial? Mi conferencia para un inminente encuentro de escritores: Ayer un diario español analizó la novela ganadora del naciente premio Almadía con el programa Pangram y aseguró que el 99% de la misma fue escrita con inteligencia artificial. Además de lesionar al autor (David Silva Rojas), a los jurados (Cristina Rivera Garza, Mónica Ojeda y Selva Almada) y a la editorial, y provocar uno de los primeros casos en que el uso de una IA provoca recelo y una condena injusta y apresurada, también se atizó un debate que será largo, hondo e intenso pero debe ocurrir. A lo largo de todo el día se debatió en publicaciones y redes si es aceptable recurrir a una Inteligencia Artificial para escribir literatura, y si el uso de los programas de escritura conduce, con más facilidad que la escritura humana, a la publicación y al éxito. Un porcentaje asombroso de los comentaristas prefería confiar en un programa que aún se halla en formación antes que en el trabajo propio. La conversación concluyó sin que lográramos deshacernos de una sensación de ansiedad: la nueva tecnología nos ha llevado al borde de un precipicio gigantesco, cuyo fondo y forma apenas se adivinan. La pregunta es si caeremos en el acantilado o bajaremos a explorarlo. La editorial Almadía ya se pronunció: como se espera de una editorial literaria, promete analizar lo ocurrido, y entretanto creer en la palabra del autor, pero mientras se investiga si la novela fue escrita por un ser humano o no, Almadía canceló la gira de promoción del libro, tal como ocurrió en Francia con uno de los finalistas del prestigioso premio Goncourt de este año, Thélyson Orélien, al cual se acusó de escribir su novela C’était ça ou mourir con el uso predominante de una IA. De entrada, llama la atención que el prestigioso diario español haya analizado la novela ganadora de un premio convocado por una editorial joven, dirigida por mentes abiertas y humanas antes que las novelas que ganaron el millonario premio Planeta o el Alfaguara, no porque yo insinúe que estas empresas sean inhumanas, sino porque el ejercicio sin duda habría irritado a grupos empresariales que cuentan con enormes equipos de abogados a su cargo, acostumbrados a hacer lo que sea necesario para resolver los problemas inevitables que una editorial gigantesca encara cada semana. Los editores de El País no sólo demostraron que saben usar la Inteligencia Artificial, sino que siguen usando la Inteligencia Natural. En la misma nota, El país señaló que analizó “libros recientes de autores como Javier Cercas, Isabel Allende o María Dueñas”, pero que ninguno “dio señal de IA”. La investigación del periódico no debería quedarse aquí. Aunque poco impactará en los lectores que han ganado a lo largo de los años, el diario tendría que decirnos qué concluye la inteligencia artificial sobre las novelas recientes de Isabel Allende y David Toscana, ganadoras de dos de los mayores premios del idioma español, y, siguiendo esa vía, preguntarle a distintos programas de IA qué opinan de Cien años de soledad, del Ulysses, de Bajo el volcán, de Claus y Lucas, de El asesino ciego, de Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero, e incluso de La Ilíada y La divina comedia. En mi grupo de amigos, la gran mayoría reconoció que agradece las sugerencias ortográficas de los programas de escritura más comunes: Word, Pages y unos cuantos sistemas gratuitos, de libre acceso. Los más jóvenes confesaron que si van a presentar un texto a una editorial, primero revisan su ortografía con ayuda de nuevas aplicaciones especializadas. Otros, no tan jóvenes, confesaron que, cuando se trata de redactar una aburrida carta laboral, permiten que la IA se anticipe a sus intenciones y, a medida que escriben, les sugiera qué fórmula convencional o qué frase de cortesía emplear, de manera que es ella quien desarrolla y concluye sus correos electrónicos de manera amable, sincera o Muy cordialmente. Muchos confesamos que para practicar nuestro oficio elegimos aquellos programas de escritura en los que es posible desconectar las sugerencias automáticas. A unos cuantos nos molesta que en cuanto escribimos el más modesto pero personal de los mensajes, a medida que tecleamos las palabras, una IA sugiera una multitud de soluciones posibles, las cuales emergen a un costado de la frase, como fantasmas sarcásticos, que se burlan de la originalidad de nuestras intenciones y sugieren que ya todo está dicho, que no vale la pena buscar modos de expresión peculiares. Si aceptamos dichas sugerencias no somos nosotros quienes elegimos el siguiente eslabón de la frase: no activamos una parte de nuestra memoria y la experiencia y le pedimos a nuestra mente acudir al vocabulario, a la gramática, a las expresiones conocidas en el idioma que empleamos y a la literatura conocida para seguir avanzando: es un programa veloz quien ofrece la más frecuente de las soluciones. Por el momento, ese tipo de programas de redacción se concentra en lo más popular dentro del universo conocido, en lo más habitual, pero no se permite usar lo inexistente ni sugerir lo desconocido: esas palabras, comparaciones o imágenes literarias que un escritor debe inventar si requiere sondear los misterios de la creación y los enigmas de la condición humana -por usar un par de lugares comunes que la IA me habría sugerido para terminar esta frase. En mi caso, que aprendí a escribir a mano, luego en máquina Olivetti y más tarde en ordenador, dejé de usar programas específicos de escritura cuando este tipo de sugerencias de redacción se volvieron abrumadoras, y estorbaban la escritura, limitaban mi libertad y acotaban la posibilidad de escribir como sólo yo podría hacerlo, e incluso permitirme dar con algo innovador. A su vez, los creadores del programa Word no tardaron en advertir que tenían una olla de oro entre las manos, y más que pedir un pago único a sus usuarios, al obtener el programa, decidieron cobrar una mensualidad creciente, seguros de que no vendían una máquina de escribir que cada quien podía emplear a su libre arbitrio durante toda la vida, sino que rentaban un robot que se actualizaba segundo a segundo, y reemplazaba a la mente humana en la insufrible tarea de escribir mensajes laborales, académicos o, por qué no, textos literarios. En lo que concierne a la escritura literaria, a lo largo de los últimos diez años me parece distinguir tres momentos significativos en las relaciones entre un ser humano que escribe y la inteligencia artificial. Mientras los traductores ven que un programa gratuito puede realizar su trabajo de manera deficiente pero eficaz en líneas generales, mientras fotógrafos y diseñadores ven con horror cómo los empresarios prefieren suscribirse a Chat GPT, Gemini o Canva antes que encargar su publicidad y sus ilustraciones a un ser humano, los avances que han consternado a los escritores van por otro rumbo: La promesa del estilo: Hace una década pedías a un naciente programa de escritura que escribiera un relato breve sobre un tema concreto, con el estilo de un creador inconfundible: Hemingway, Borges, Arreola, Cortázar, y se producía como por arte de magia un texto corto en menos de treinta segundos. El resultado, francamente ridículo, era un bodoque con textura de melcocha atropellada y pisoteada, un amasijo plano como un hotcake y aburrido como elaborar facturas, que sólo asombraba a quienes no conocían el estilo de semejantes creadores y a aquellos que jamás intentaron escribir un cuento en su vida: un batiburrillo sin alma ni objetivo, que sólo provocaba asombro por la velocidad con que fue generado. Pero el mensaje se emitió: la IA venía en rescate de todos aquellos que creen que escribir es una molestia, pues tiene mucho de tortura, de sufrimiento y frustración, y tienen razón. La promesa de la novela: desde hace un par de años, mediante una suscripción por supuesto, es posible solicitar a la IA que escriba relatos largos instantáneos, diseñados por seres humanos, luego de darle las coordenadas precisas (personajes, escenarios, estilo, trama). El problema es que al leer cada frase uno tiene la sensación de que atraviesa un espejismo que no ofrece nada relevante aunque las frases sigan su rumbo de manera ordenada, y el sentido se esfuma, ya no digamos la emoción estética, y no hablemos de su capacidad de decir aquello que sólo las novelas pueden decir. Pero por el momento miles de personas en todo el mundo dejan de escribir lo que sólo ellos podrían imaginar o pensar y prefieren experimentar y jugar con los resultados de programas que generan el texto soñado a lo largo de sucesivas capas de trabajo, cada vez más precisas, pero fallidas. De nuevo la IA asegura venir en rescate de aquellos que desean ser ensayistas sin pensar o dibujantes sin dibujar, perezosos o ignorantes que buscan convertirse en creadores sin darse el tiempo de conocer lo que se ha obtenido en materia de imaginación literaria, sin verse obligados a emplear hasta dominar de manera relativa las reglas elementales de la creación artística, ya no digamos la ortografía, la gramática, el uso de la tinta china y el papel, o la noción general de lo que podría suceder al mezclar dos colores de pintura pastel sobre un lienzo, o recursos literarios que parecen ajenos. La IA, siempre generosa, asegura que no era indispensable perder una vida en ello, y que el ser humano tiene derecho a emplear su tiempo en cosas más valiosas, como pagar suscripciones, y ahorrarse esas décadas de búsqueda y trabajo enriquecedor. Las metáforas no existirían si dependiéramos de la tecnología. La tercera es la promesa del criterio: lo que aseguran las nuevas tecnologías de revisión digital, como Pangram, es que nadie requiere conocer las distintas corrientes o estrategias literarias, tener experiencia como editor o estudioso de los discursos para valorar un relato: no es necesario que un ser humano conozca la literatura existente. Basta con que se suscriba y le pida a un sistema que lea y juzgue por él. Evitarle el dolor de cabeza de aprender y pensar es el nuevo canto de sirena de la Inteligencia Artificial. El problema es que una suscripción no crea artesanos eficientes, sino consumidores ignorantes y esclavizados. Cuando enfermé de COVID hubo días espantosos en los que, a pesar de que las intuía y las tenía en la punta de la lengua, como se dice con otro lugar común, las palabras que buscaba para crear una frase desaparecían de mi mente tan pronto las invocaba. Sentí, por momentos, la terrible condición de quienes sufren afasia, pero por fortuna la superé (o eso supongo). Contra lo que digan mis detractores, esos canallas simpáticos, tal condición sólo duró unas semanas, y lo que quedó en su lugar, luego de meses de esfuerzo, fue una sensación liberadora: enfrentado a la finitud de mi existencia, perdí el miedo a escribir, y siento, desde entonces, el placer de escribir, y reescribir, y tirar infinitas versiones, y corregir y volver a tirar hasta que después de cientos de capas de trabajo surja por fin esa palabra, esa frase, ese color que intuí en el fondo del acantilado, y que me permite contar lo que quiero decir a través de mis personajes e historias. Además de la terapia y la medicina, la ayuda vino bajo la apariencia de mi viejo, enorme y pesado diccionario de sinónimos y antónimos, que me ha acompañado desde mi primera novela. Lo tenía junto a mi escritorio como otros tienen a sus mascotas, y cada vez que los restos de la enfermedad ocultaban una palabra conocida e invocada, era el río profundo, rico y vivo de mi idioma quien venía a ayudarme. El idioma me decía: no te preocupes, aquí estoy, no pienso desaparecer ni restringirte: elige tú la opción que requieras, conoce los matices que existen, las decenas de palabras que hemos creado para nombrar la nieve, por poner un ejemplo, y elige la que más necesitas. Así se hace la literatura. Por el momento las Inteligencias Artificiales se dedican a escanear todos los libros, historias y frases escritas por la inteligencia humana a lo largo del tiempo, a fin de conocer en su totalidad los distintos caminos que pueden tomar la mente humana y su reflejo, la escritura, a fin de suplantar la necesidad de pensar e imaginar, y el insufrible trabajo de escribir lo que pasó por la mente. Van por buen camino: al inventar los teléfonos portátiles ya nos quitaron buena parte de la memoria, tan distraída, según ellos, en memorizar los números telefónicos de las personas importantes en nuestra vida. Ahora van por el pensamiento y la imaginación. Concedo que no necesitamos teclear cada número, y que basta oprimir un botón, luego de elegir entre diversas posibilidades, para llamar a la persona amada. Pero también comprendo que algo esencial perdimos al olvidar que cada persona se escondía detrás de diez números que parecían encerrarla de manera misteriosa, y si uno quería ponerse en contacto con ella, tenía que aprenderlos, como se aprenden las cosas que hacen sonreír a cierta persona específica. Por el momento, los documentos barruntados por una confusa o limitada mente humana y generados por un programa de escritura provocan la sensación de que no hay nada detrás, que la idea está hecha de niebla o que uno cayó en un espejismo inasible y poco sustancioso, del cual no sacará nada. La engañifa se advierte de inmediato. Muy distintos son aquellos momentos en los que uno siente que en un texto laten la inteligencia, la pasión o el alma de otra persona viva. Tenemos la ilusión de tratar con un ser humano vivo, como ocurre cuando leemos la Apología de Sócrates, Gargantúa y Pantagruel o los poemas de Szymborszka, aunque esa persona haya desaparecido de la Tierra hace cientos de años. Tal como van las cosas, no tendremos que esperar mucho tiempo antes de que las empresas que tienen el monopolio de la imaginación y el pensamiento nos ofrezcan libros, series o películas escritas (y actuadas y musicalizadas) por completo mediante Inteligencia Artificial. Mi profecía es que quienes nunca han estado en contacto con buenas películas, buenas novelas y buena música podrán aceptar por un tiempo esos ladrillos infumables. Pero llegará un tiempo en que se alejarán de ellos con gran desencanto y buscarán de manera instintiva esas historias que sólo la novela y el cuento nos pueden contar, los colores que sólo un humano puede inventar, las melodías que buscaron transmitir una gran emoción, las grandes películas. En el estado en que se encuentra ahora la evolución de la Inteligencia Artificial, aún le falta dominar otras habilidades de la escritura si piensa imitar la ilusión de la existencia humana. Deberá aprender que la literatura no surge de emplear la expresión más frecuente al momento de escribir, sino la que llega por vías imprevistas. Le falta dominar las leyes que rigen el azar, la asociación libre, la manera como el inconsciente de cada quien actúa de modo original e irrepetible. Deberá aprender el uso del sentido del humor y los caminos a los que puede llevarnos el uso sostenido de la ironía y sus parientes, el sarcasmo, el humor negro, la paradoja zen. Que alguien me corrija, pero hasta hace cinco minutos, si le pedías a una IA que inventara un chiste sobre un tema concreto, seguía dando basura en estado puro. Para crear un buen chiste y adoptar un punto de vista divertido uno debe haber fracasado muchas veces, mucho tiempo, ser incapaz de hacer bien muchas cosas en la vida. El humor es al mismo tiempo el relato de un fracaso y la iluminación que se consigue al caer, y con ello, nos abre las puertas hacia una vida menos tortuosa. Deberá aprender que el talento literario y la inspiración son una ficción que los humanos han creado con grandes esfuerzos, luego de capas y capas de trabajo, de días sucesivos de rabia, de alegría, de ansiedad, de satisfacción provisional. Deberá aprender que el humano escribe a cuatro manos con la vida y en ocasiones con la muerte, pues aunque el lenguaje sea infinito y ponga a nuestra disposición opciones riquísimas, la vida humana no lo es, e incluso los autores más exigentes dejaron truncos los trabajos en los que habían invertido sus mayores esfuerzos, con lo cual nos heredaron trabajos cargados de enigmas, que ofrecen una fuente de atracción e inspiración incesante: basta con recordar los trabajos de Dante y los relatos de Kafka. Y, si quiere escribir como un ser humano, deberá aprender que el arte es una ilusión pasajera, que requiere la ayuda del tiempo: es decir, que que quienes buscamos compartir una idea o una historia con nuestros vecinos necesitamos reescribir, es decir, tachar lo que escribimos hoy, y revisarlo mañana, una semana o un mes después, hasta que lleguemos a la ilusión de alcanzar lo que entendíamos ayer por la literatura. Para concluir, ¿es posible escribir literatura con Inteligencia Artificial? Por el momento, la respuesta es sencilla: por supuesto que no. Es posible escribir aburridos proyectos de mercadotecnia, tediosos e insustanciales informes académicos o pergeñar incomprensibles instrucciones para ensamblar aparatos eléctricos, pero no existe aún un programa que al presionar un botón genere una novela de Agota Kristof, un cuento de Ted Chiang o un poema de Louise Glück. Quienes creen lo contrario harían muy bien en cancelar esas suscripciones y acercarse de nuevo a la biblioteca, a la librería, al libro que descansa sobre su escritorio. PD: ¿Será necesario aclarar que este texto no fue escrito con inteligencia artificial, y que lo escribió de manera cordial y humana su seguro servidor, Martín Solares?
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Taddei no es la excepción, es la regla en Morena.
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Beethoven – “Moonlight” sonata, 1st movement Composed in 1801 when Ludwig van Beethoven began to lose his hearing, this movement has a melancholic, quiet melody but contains intense emotional depth.
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¿Quién va a querer sopita de fideos, chamaquitos?
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En la Ciudad de México, la muerte, las tradiciones y las leyendas respiran entre flores de cempasúchil, canales y recuerdos. 📍 Embarcadero de Cuemanco, Xochimilco.
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Tengan un gran fin de semana. Nos leemos luego 😁😎
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Replying to @ThomasSowell
She should sue her plastic surgeon
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¡Es viernes! Seamos felices 😁😁😁
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Dicen que la estación de Amberes es una de las más hermosas del mundo, y basta llegar para comprender por qué. En lugar de fotografiar su edificio central, esa construcción monumental que parece desafiar los límites de la belleza, preferí detenerme en algo mucho más cotidiano: el camino que recorremos al bajar del tren. Ese trayecto en el que, mientras avanzamos, los arcos se suceden, la luz atraviesa el hierro y el cristal, y las formas comienzan a apoderarse de nuestra mirada, hasta que, casi sin darnos cuenta, dejamos de caminar por una estación y entramos en un lugar donde la belleza termina por ocuparlo todo, incluso nuestros pensamientos. Eso es lo extraordinario de llegar a Amberes en tren: que el asombro no nos espera inmóvil al final del recorrido, sino que viene hacia nosotros, que se aproxima con cada paso mientras convencidos de que solo estamos atravesando una estación, avanzamos sin saber que algo está a punto de romper nuestras expectativas, de interrumpir por un instante ese diálogo interminable que mantenemos con nosotros mismos, y que cuando finalmente levantemos la mirada hacia aquello que nos espera al fondo, ya no habrá mucho que pensar, ni nada que explicar, porque estaremos, sencillamente, frente a algo que nos dejará sin aliento.
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Se empieza a sentir que se nos va el año. Y se siente ya la nostalgia de lo que termina y la emoción de lo que viene. Cerremos el año de la mejor manera posible. 😁
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Hice pumpkin pie 🥧 no le tenía mucha fe a la receta, pero dí quedó rico 😋 *cosas que a nadie le importan.
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Las salas VIP son para los que no se quieren mezclar con el pueblo. Se dice y no pasa nada.
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