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Joined September 2018
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El día que asaltaron el banco y yo tenía "Licencia para morder" Yo estaba en el banco. Nada extraordinario. Resulta que el cajero automático me había entregado un billete de mil pesos al que le faltaba una orejita. Un pedacito insignificante, una minucia de nada, pero justo cerca de uno de esos números verticales que llevan impresos, de tal manera que parecía que le habían cortado el primer dígito. Parecía. Pero no. El número estaba entero, perfectamente legible. Sin embargo, andá a explicárselo a los comerciantes. No me lo aceptaban en ninguna parte. Así que me fui al banco, que es donde uno supone que deberían resolver los problemas que el propio banco le ocasiona. Saqué número en el coso ese donde reparten los papelitos y el funcionario que estaba ahí me dijo: -No le des pelota al número. Cuando veas que no hay nadie en la caja, te acercás y el cajero te lo cambia al toque. ¡Una maravilla! Eficiencia bancaria en su máxima expresión. El sistema oficial era sacar número, pero el sistema real consistía en ignorarlo. Uruguay en estado puro. Me fui a sentar frente a la caja, dispuesto a esperar una de esas breves ventanas de oportunidad que se abren en la vida: un momento de transición, una distracción del destino, un cajero libre. Y ocurrió. Me acerqué, le expliqué a la cajera el drama de mi billete mutilado y la mujer, sin convocar a un escribano, sin llamar al gerente ni solicitar una pericia caligráfica, tomó el billete, me dio otro y asunto terminado. ¡Listo! ¡Problema resuelto! ¡Mil pesos flamantes, con todas las orejitas en su sitio! Yo estaba feliz. Volvía a tener dinero legalmente aceptable. Me guardé el billete y me dispuse a abandonar el establecimiento, pero no pude. Cuando iba llegando a la puerta, noté un movimiento raro de gente, voces alteradas y algunos gritos. «Se armó algún relajo», pensé. ¡Y vaya si se había armado! Entraron unos tipos encapuchados, armados hasta los dientes. Bueno, hasta los dientes no sé, porque no les vi la dentadura, pero de armas venían surtidos como una armería en liquidación. -¡ESTO ES UN ASALTO! ¡TODOS AL PISO SI NO QUIEREN TENER PROBLEMAS! ¡ESTO VA A SER RÁPIDO! ¡EN DIEZ MINUTOS TODOS PODRÁN SEGUIR CON SU RUTINA! Me tiré en palomita contra las baldosas brillantes del piso y quedé panza abajo, desparramado como un chancho al sol. No tenía la menor intención de complicarles la vida a los señores chorros. Primero, porque no me gusta meterme en problemas ajenos. Segundo, porque acababa de recuperar mis mil pesos y tenía planes para ellos. Y tercero, porque los hombres habían dicho que aquello era un asalto al banco, no un asalto a Caalf. ¡Cada cual que atienda su juego! Así que me quedé quietito, con la tranquilidad de un lagarto en una piedra caliente, casi a punto de dormirme. Hasta que sentí que alguien me tocaba la espalda. Me di vuelta como pude y ahí estaba uno de los señores chorros, apuntándome con un arma. -Dame toda la plata que tengas y el celular. Lo miré. Lo volví a mirar. Y monté en cólera. -¿Vos sos boludo o te hacés? ¡Venís a robar un banco y me terminás asaltando a mí, que no tengo absolutamente nada que ver! ¡Dejate de joder! ¡No te doy nada! El tipo se quedó mirándome, probablemente tratando de determinar si yo era un cliente, un empleado del banco o un paciente que se había escapado de algún establecimiento especializado. Finalmente, me puso el revólver en la jeta. -¡O me das la plata y el teléfono o te quemo! -¡Hacé lo que quieras, abombado! ¡Pero no te voy a dar una mierda! ¡Carajo! Y volví a echarme boca abajo, como si estuviera en una playa de Punta del Este, tomando sol y esperando que me trajeran una cerveza. El hombre quedó tan desconcertado que, en lugar de seguir con el asalto, decidió recurrir a la argumentación física. Me encajó una patada en el costado, justo ahí donde terminan las costillas y empieza ese vacío de hueso que uno tiene a los costados. Casi me descalabra el desgraciado. Pero cometió un error táctico imperdonable: dejó la pierna a mi alcance. Y yo, que hasta ese momento había demostrado una admirable vocación por la paz, la convivencia y el descanso horizontal, le cacé la pierna y le encajé una mordida que, por el ruido que hizo, calculo que le arranqué un pedazo de carne. El tipo empezó a chillar como un chancho. (¡Oia! ¡Como yo hacía un rato!) Cayó al suelo y se le escapó el revólver. Lo agarré. Y ahí cambió todo. Los otros chorros, que estaban aplicando su estrategia comercial a los demás clientes, se quedaron mirándome. Yo tenía el arma en la mano, el corazón a doscientas pulsaciones y una sensación de poder que no experimentaba desde que una vez me dieron la razón en una discusión familiar. Me había agarrado viento en la camiseta. En mi cabeza ya no era un ciudadano común. Era James Bond. El agente 007. Licencia para morder. Un comando de élite entrenado en las más oscuras selvas de la supervivencia bancaria. -¡RAJEN DE ACÁ, MANGA DE PATAS RAJADAS! ¿¡NO LES DA VERGÜENZA VENIR A ROBAR UN BANCO Y TERMINAR ROBANDO A LOS CLIENTES!? ¡PERO QUÉ FALTA DE PROFESIONALISMO, MUCHACHOS! ¡USTEDES SON LA VERGÜENZA DE LA DELINCUENCIA NACIONAL! Uno de ellos, que evidentemente tenía vocación de polemista, me apuntó con su revólver y se dispuso a contestarme. Pero el que parecía ser el jefe lo frenó en seco: -¡No lo apuntes! ¡El arma que tiene es la de Juan! ¡Era la única arma de verdad que trajimos! ¡Pa' qué! Cuando los clientes escucharon aquello, se les terminó el miedo y se les activó el modo justicia por mano propia. En cuestión de segundos se les fueron encima a los chorros y los redujeron. Unos los agarraron de las piernas, otros de los brazos, uno les puso una rodilla encima y una señora que hasta entonces había estado abrazada a su cartera empezó a repartir bolsazos con una eficacia que merecía ser estudiada por el Ministerio del Interior. ¡El asalto había sido frustrado con total éxito! Los delincuentes quedaron amontonados en el piso, los clientes se felicitaban entre ellos y el personal del banco empezaba a recuperar la compostura. Yo, aprovechando la confusión, me escabullí hacia la salida. Tenía mi teléfono, mi dinero y un objetivo concreto: comprar dos kilos de cocoa con mis flamantes mil pesos. No café, porque el café me irrita el estómago y me quita el sueño. Y ahí me cayó la ficha. ¡Yo todavía tenía el revólver! Apuré el paso. Porque una cosa es que te conviertas en héroe por accidente y otra muy distinta es que la Policía te encuentre caminando por la calle con un revólver en la mano y ¡andá a que te crean toda la historia! Así que doblé la esquina antes de tener que explicar que todo empezó con un billete de mil pesos al que le faltaba una orejita…
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