
Periodista | Editor en @RevistaSeul | Creador de @cinenacional | Hay que irse del barrio
Palermo de Buenos Aires
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Los argentinos preguntándose quién es
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Alguien que elige «Argo» como la peor ganadora del Oscar de la década de 2010 no entiende nada de cine ni de la vida. No solo no es la peor: es la mejor.
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La pregunta es: ¿se puede escribir una buena novela con IA? Mi respuesta es que seguro se pueden escribir novelas mejores que muchas escritas y publicadas por humanos.
Alô, petista, vai preparando
Porque o pão com mortadela ‘tá acabando
O papai Lula vai se mandar
Porque o Flávio a nação vai comandar
Olê olê, olê olê
Estamos marchando até Brasília por você
Alô, quadrilha, pode esperar
Porque em outubro a sua hora vai chegar 🎶
Sobre las novelas escritas con IA que ganan premios, tanto la del haitiano-canadiense como la del peruano, hablan de los pobres.
“La IA no sabe cómo escriben los pobres, pero sabe cómo los críticos literarios, o los otros escritores, piensan que deberían escribir los pobres”.
No deja de ser paradójico que las dos novelas más sonadas de este año por haber sido escritas con IA sean novelas sobre la pobreza, novelas que quieren recuperar la voz de los pobres: haitianos en un caso, peruanos en el otro.
En C’était ça ou mourir, el haitiano-canadiense Thélyson Orélien cuenta la huida de un profesor que escapa de las pandillas de Haití y cruza América Latina hasta llegar a Canadá. La novela ganó el Premio Fnac, conmovió a la crítica francesa y entró en la primera lista del Goncourt, que terminó retirándola. Orélien juró que ni una frase venía de una máquina, hasta que su propia editorial encontró las huellas de la IA en sus borradores. En Donde el agua trabaja, el peruano David Silva Rojas narra la explotación de los trabajadores agrícolas de Ica; un jurado formado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda la eligió por unanimidad entre más de dos mil manuscritos. El detector Pangram atribuye a la máquina el 99% del texto; el autor, por ahora, guarda silencio.
Que sus autores hayan recurrido a la tecnología más sofisticada y más capitalista para reproducir el alma de los pobres, y así hacer llorar y emocionar a la crítica literaria más exigente y avanzada, es una paradoja interesante.
La IA no sabe cómo escriben los pobres, pero sabe cómo los críticos literarios, o los otros escritores, piensan que deberían escribir los pobres. Trae un pobre para ricos integrado en su sistema. El pobre reproducido por la IA es una nueva posibilidad de la tecnología. O al menos queda claro que esas conciencias rebeldes que quieren leer “otras voces”, que quieren que otras voces les hablen, son las más fácilmente asimilables por la tecnología de Silicon Valley


















