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Campaña de la RAE y la Academia de la Publicidad contra los anglicismos innecesarios:
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En estos días cercanos a la festividad de Todos los Santos, en los que es típico llevar a escena el «Don Juan Tenorio», de José Zorrilla, les animamos a acercarse al manuscrito de la obra. Se conserva en la Biblioteca de la RAE y ha sido digitalizado: ow.ly/g8B95100qI0.
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Bello retrato de Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II.
De su unión nacieron cinco hijos, cuatro varones y una niña. Pero de todos ellos sólo sobrevivió uno, el futuro rey Felipe III, dando así continuidad a la dinastía de los Austrias.
La obra es de Alonso Sánchez Coello realizada en 1571, se puede ver en Kunsthistorisches Museum de Viena.
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En 1927, Juan Rulfo tenía diez años y estaba interno en un orfanato de Guadalajara cuando murió su madre. No lo dejaron ir al entierro.
Cuatro años antes, en junio de 1923, a su padre lo habían matado por la espalda en el sur de Jalisco, por una disputa de ganado que se metía en sus tierras. El niño tenía seis años.
La familia se refugió en casa de la abuela, en San Gabriel. Cuando la persecución religiosa cerró el colegio y la parroquia, el cura dejó su biblioteca a cargo de la abuela, y Juan se pasó los días leyendo todo lo que había allí.
Después lo mandaron con su hermano Severiano al Instituto Luis Silva, un orfanato que él recordaba como una especie de correccional. El 27 de noviembre de 1927 murió su madre, y ninguno de los dos hermanos pudo despedirse de ella. Con diez años, Juan ya era huérfano de padre y madre.
De aquellos años habló pocas veces, y siempre con la misma amargura: «Lo único que aprendí fue a deprimirme».
Años después trabajó en oficinas de migración, vendió neumáticos y se hizo fotógrafo. Y en 1955 publicó Pedro Páramo, la historia de un hijo que va a Comala a buscar a un padre que nunca conoció y se encuentra un pueblo lleno de voces de muertos.
Un libro corto que hoy se lee en medio mundo.
A mí lo que más me conmueve es que el niño al que nadie le explicó por qué se había quedado solo escribió el libro que mejor habla con los muertos.
En estos días de ofrendas, Rulfo dejó la suya escrita.
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RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.
RULFO: ¿Cómo así?
BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
RULFO: Así ya me puedo morir en serio.
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Fragmento de una conversación real entre Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.































