Hoy me he conocido en el parque.
Nos ha presentado un tal Javier.
A mí me ha entrado la risa.
Y a mí también.
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Pétula Bacará, la mediana en una familia numerosa, vivió evitando destacar, ser el centro de atención, pero aún así lo era. Todos se fijaban en ella, parecían recordar su nombre y su cara entre los de una multitud, y todos tenían siempre algo que decir sobre cómo tenía que vivir.
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Todo el mundo sabía que solo quedaban tres baldosas del suelo de la plaza de San Marcos sin pisar, pero nadie sabía cuáles eran. El caso es que tampoco se atrevían a recorrerla de punta a punta, por miedo a acabar con una suerte que, buena o mala, mejor dejarla estar.
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Copacabana Marley solo era capaz de mirar hacia el apartamento en el que se crió los días impares de la última semana del mes. El vértigo de pensar que ya nada de aquella vida existía y que jamás volvería, era demasiado grande para permitírselo sin preparación y sin disfrazarse.
Copacabana Marley solo era capaz de mirar hacia el apartamento en el que se crió los días impares de la última semana del mes. El vértigo de pensar que ya nada de aquella vida existía y que jamás volvería, era demasiado grande para permitírselo sin preparación y sin disfrazarse.
Cada mañana, Monsieur D'aramitz se vestía recopilando mentalmente las tres mayores dudas del día para tratar de despejarlas en el urinario público después. Nunca salía con todo resuelto, pero tampoco pretendía ser una de esas personas que lo tienen todo claro. Menuda ordinariez.
Alberta Acciaioli vendía frutas y verduras, recomendaba guisos, aliños, escabeches, lecturas, discos... aquella era su vida en el barrio hasta que lo pusieron en venta, se convirtió en una sucursal de otros y todos tuvieron que largarse porque sus vidas habían perdido valor.
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Nuevo post:
“Sobre el entierro de Lady Distopía y otras cosas”
amqr.blogspot.com/2026/07/so…
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Debrah Rocket Worsley no podía evitar pararse ante los escombros de los edificios en ruinas. Como si tuviera que rendir honores a todas las casas en las que ya nunca entraría. También había algo en lo que se reconocía. A veces todo. Según el día.
Emiliano Baas disfrutaba enormemente atravesando el desierto de Sonora en su camión de cuatro ejes, del que a veces sacaba la motocicleta estática y practicaba pequeñas acrobacias que sabía que algún día llegaría a dominar, para el deleite de un público que estaba aún por llegar.














