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Pétula Bacará, la mediana en una familia numerosa, vivió evitando destacar, ser el centro de atención, pero aún así lo era. Todos se fijaban en ella, parecían recordar su nombre y su cara entre los de una multitud, y todos tenían siempre algo que decir sobre cómo tenía que vivir.
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Todo el mundo sabía que solo quedaban tres baldosas del suelo de la plaza de San Marcos sin pisar, pero nadie sabía cuáles eran. El caso es que tampoco se atrevían a recorrerla de punta a punta, por miedo a acabar con una suerte que, buena o mala, mejor dejarla estar.
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Copacabana Marley solo era capaz de mirar hacia el apartamento en el que se crió los días impares de la última semana del mes. El vértigo de pensar que ya nada de aquella vida existía y que jamás volvería, era demasiado grande para permitírselo sin preparación y sin disfrazarse.
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Nuevo post:
“Sobre el entierro de Lady Distopía y otras cosas”
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Cuando la alcaldesa de La Vista, Nebraska, regresó de pasar unos días libres en un pueblo costero de California, decidió poner en marcha lo que había visto, para atraer a turistas. En un parking a la afueras, construyó unas vacaciones de mentira, demasiado caras para cualquiera.
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Edgar Sumatra pasó décadas buscando un propósito, algo que le devolviera las ganas de vivir. Hasta que dejó su trabajo, se compró un terreno con sus ahorros y construyó un artefacto con el que poder volar. Ahora, durante una media de 38 segundos al día, era extremadamente feliz.
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7 ciudades, 3 puntos, 2 metros cuadrados...
Ni ½ palabra más.
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Los hermanos Tejo y Sauce Honeythunder, propietarios de un parque de tallas de animales extinguidos, descubrieron que si se les rascaba en zonas concretas debajo de las alas, cuernos, antenas, picos y crestas, lo que empezaba como una sonrisa, acababa en una contagiosa carcajada.
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Rosario Cuesta soñaba con que su vida cambiase. No sabía cómo ni hacia dónde tirar. Pero todas sus pequeñas rutinas le provocaban una angustia que solo conseguía reparar cuando cambiaba el viento. Por ello, al ver que la ropa tendida volaba en otra dirección, sonreía esperanzada.
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Norberto K. estaba convencido de que esta obra de Marie Louise Élisabeth Vigée Lebrun, la pintora francesa del siglo XVIII, en realidad era un retrato de su tatarabuela con su bisabuela. Y cada tarde saltaba la verja de atrás del museo para colarse y tramar cómo robar el cuadro.
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Rododendro Marx pasó media vida guardando semillas y esquejes de plantas exóticas que fue encontrando en sus viajes a selvas tropicales. Al regresar a Alaska, tuvo que construir una casita de cristal para que éstas sobrevivieran. Así, inventó, sin darse cuenta, los invernaderos.
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Fabiola Henz estaba tan cómoda en soledad, que cuando se rodeaba de gente se sentía como una intrusa, no sabía cómo se tenía que comportar. Y aunque intentaba evitar que se le notara, hablar del tiempo, de nada o de la vida de los demás le aburría tanto, que se le daba fatal.
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Aurora Mallo llevaba años lanzando monedas al pozo de los deseos. Hasta que un día se hartó de regresar a casa y descubrir que ninguno se hacía realidad. Así que cogió una escalera, recuperó todo su dinero, pidió el divorcio, y se largó a vivir con unas amigas a un país tropical.
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Tal día como hoy en 1957, llovió La Divina Comedia en páginas sueltas, sobre el distrito financiero de Colcitrone, un barrio de Arezzo, ciudad situada en plena toscana italiana. Los vecinos la reeditaron, y se puede consultar en la biblioteca pública. Eso sí, le falta una página.
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Orlando Deleite encontró por fin sentido a su vida la mañana que entró en una tienda de decoración en busca de una mesita para el rincón de su habitación. Al ver aquel artefacto sufrió un despertar espiritual: a partir de ese momento, en sus ratos libres, sería mueble auxiliar.
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Orlando era seguramente el perro más tranquilo del mundo. Le habían ocurrido tantas desgracias que se le habían gastado los dueños, el ansia y la rabia. Así que, al despertar, deambulaba por las zonas más alborotadas para asegurarse desde primera hora de que aún no estaba muerto.
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Cuando los trabajadores de Częstochowa, en Polonia, se enteraron de que los empresarios de la ciudad habían mandado construir un metro subterráneo para no tener que cruzarse con ellos por las calles, se rebelaron y crearon una red de carriles suspendidos, para robarles el cielo.
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"No entiendo cómo puede estar pasando y no entiendo cómo se está permitiendo. Porque las explicaciones obvias no me valen. Y tampoco las quiero."
























